16/3/08

En la estación I

El primer tren con destino a Barcelona salía con retraso, así que Paz decidió sacar su portátil para continuar su trabajo con las diapositivas de la última exposición que tenía próxima su fecha de entrega. Aquella serie de retratos le había llevado meses, pero estaba bastante satisfecha con su trabajo, en las miradas perdidas de toda aquella gente se encontraba a sí misma, siempre absorta en sus pensamientos, en sus recuerdos, en sus ideas, en ese instante decisivo del que hablaba Cartier-Bresson.

Miró por la ventana de aquel vagón que habría recorrido kilómetros equivalentes a varias vueltas al mundo, vueltas al mundo que ella nunca dio, pero con las que soñaba constantemente. Imaginaba lugares que podrían no existir, gentes, situaciones, fotografías, tantas y tantas fotografías aún por hacer, que se sentía abrumada y empequeñecida ante la magnitud de un mundo que se le antojaba tan lejano.

Nadie la despedía en la estación, era mejor así, decir adiós nunca es fácil y menos en una situación como aquella. Ese fue, entre otros, uno de los motivos por los que prefirió el tren de madrugada, podía salir de casa con sumo cuidado sin despertar a nadie, a fin de cuentas, todos sabían que tenía que marcharse, aunque no sabían cuando. Aquello no sería realmente una sorpresa, el carácter impulsivo de Paz era una de esas cosas que se hacen inherentes a la persona y que por más que intente cambiarse no se puede.

Dejó una nota sobre el banco de la cocina en la que simplemente escribió “Os quiero. Llamaré por la mañana. Besos” y se marchó no sin antes respirar profunda y tranquilamente el aroma de su hogar.

1 comentario:

Adolfo Llopis dijo...

Me gusta mucho.... ¡¡quiero más!!