4/4/08

Era Mayo

Los recuerdos se apelotonaban en su memoria mientras el tren seguía rumbo definido y entonces lo recordó:

Era Mayo cuando la casualidad quiso que me encontrara con Pablo. Mi primer año de universidad estaba próximo a su fin y una amiga había decidido celebrarlo antes de los exámenes finales.

Habíamos ido a cenar a uno de esos bares horteras que abundaban por la zona, pero que resultaban bastante económicos. La decoración era la propia de un local anclado en una época indefinida de apogeo de la españolidad, miraras donde mirases podía encontrar alguna bandera, toros de plástico, o escudos de diferentes equipos regionales, premios, y fotos que el tiempo había amarilleado. El camarero desaliñado nos tomo nota con su característica amabilidad escribiendo en una libreta que bien podía contener la fórmula que convirtiese el agua en gasolina que nadie hubiera sabido entenderlo, ni siquiera el propio camarero. La gente no paraba de entrar y salir, la barra se abarrotaba de gente lo mismo que se quedaba desierta, había ruido, mucho ruido, y eso era buena señal para el negocio. La cocinera, muy probablemente la mujer del dueño, salía de vez en cuando de la cocina, con su delantal de flores y roja como los pimientos que estaba asando. Entre ellos también se gritaban, para oírse, imagino. Siempre me han llamado la atención estos lugares, parecen culturalmente distintos sin estar tan alejados del espacio tiempo.

-Hemos quedado a las 11 en la esquina. –dijo Eva sacándome de mis pensamientos de nivel antropológico.
-¿Y qué hora es?
-Las once menos cinco.

Salir con Eva era arriesgarse a una serie de imprevistos que solían acabar resultando cómicos, una vez pasado el mal trago, claro. Fuera como fuese, las sorpresas de última hora estaban a la orden del día, y ya nos habíamos acostumbrado a ello.

-¿Sabemos ya dónde vamos a ir?
-Pues lo cierto es que no, pero da igual.

Terminamos de cenar, más bien de vaciar la última jarra de cerveza que nos habían servido, y sin prisa pero sin pausa llegamos al lugar del encuentro.

Ana y Lola nos estaban esperando, como solía ocurrir, pero ni siquiera se quejaron, estaban demasiado acostumbradas, todas lo estábamos, y éramos felices, las noches que salíamos las cuatro éramos felices.

La noche transcurría entre risas y un poco de alcohol, de un pub a otro para no aburrirnos, bailando como quien piensa que no las mira nadie y cantando a pleno pulmón todas las canciones cuya letra pudiéramos, aunque fuera, intuir, sabérselas realmente no era lo importante. Todas éramos universitarias en mayor o menor medida y huíamos de la idea de un futuro inmediato demasiado estresante. Salíamos del cuarto local de la noche cuando Eva desapareció de repente sin darnos tiempo a reaccionar.

-¿Y Eva? –preguntó Lola
-No grites que ya no hay música, eres una escandalosa –gritó Ana
-Paz –llamó- Que dónde esta Eva?
-¡Y yo que sé! Vamos a esperar a ver si nos encuentra.
-Llámala al móvil –me dijo.
-No hace falta –contesté- es aquella de allí –dije señalando a una pareja que hablaba no demasiado lejos- Ya viene.
-La ves sin gafas? –se extrañó Lola
-No la veo, la intuyo.
-Ah
-¿Quién es ese chico? –preguntó Ana con su curiosidad habitual, eufemismo de marujeo casi enfermizo.
-No me suena de nada –dijo Lola juntando la última sílaba de la palabra anterior con la primera de la siguiente, eliminando los espacios de un modo pausado y prolongando las vocales.
-¿Lo conoces, Paz?
-Creo que no, pero ya os he dicho que no llevo las gafas.

Eva caminaba de un modo peculiar, dando ligeros saltitos bastante cómicos y moviendo su melena al compás, era muy difícil no reconocerla, no diferenciar incluso entre multitudes multitudinarias de noche y sin que yo llevara gafas.

-Os presento: Pablo, estas son Paz, Lola y Ana –a cada nombre le siguieron dos “holas”.
-Encantado –dijo sonriendo
-A Paz a lo mejor la conoces, estudió en el mismo instituto que nosotros.
-Ah, ¿si?
-Si, pero creo que nos llevamos al menos un año de diferencia -aclaré sin dejar de mirar al recién conocido.
-Si, uno –dijo Eva que cuando contaba miraba hacia arriba dejando sus ojos medio en blanco.
-Nunca coincidimos en ningún sitio –dijo el bastante seguro- no creo que me hubiera olvidado de ti.

Siempre he pensado que en toda broma hay algo de cierto, y al revés. Y que los chicos que recién presentados decían esas frases, no eran luego como podían parecer, sino todo lo contrario, alejándose bastante del prototipo de ligón nocturno que tanta gracia nos hacía. Nos miramos, no se si cinco segundos o dos horas, tiempo suficiente para darme cuenta de que aquella mirada tenía algo que me hacía sentir ganas de conocerle.

-Que cumplido más poco original –dijo Eva, que era algo así como la voz de un subconsciente común.
-Puede ser, pero no deja de ser cierto –contesto Pablo, mirándome mientras yo sólo le sonreía.

2 comentarios:

Adolfo Llopis dijo...

Me ha gustado ese matiz de diferencias entre el ligón nocturno y el chico simpático :)

P.D: Es "cocinera", no "cocinara". Y también "prolongando" no "prolonagando" :P

- SiL - dijo...

¿Y te sientes identificado con alguno de los dos o es imposible etiquetarte?

Gracias por leer prestando atención a cada letra.