17/6/08

Sólo solo

Deambuló por los pasillos de una casa que le era tan propia como extraña, pasaba los dedos por las paredes marcadas de gotelé, llenas de cicatrices y manchas de un pasado no siempre lejano, testigo, como suelen serlo las paredes, de secretos inconfesables, de sonrisas y de llantos, de tantas y tantas cosas que mientras caminaba podía notar los recuerdos abrazándole. La luz del atardecer del comedor le cegaba, pero tampoco le importó, desde que ella se marcho casi nada le importaba. Se sentó en aquel sofá que se le antojaba enorme y echó mano de su vieja guitarra, desconchada y repleta de restos de lo que en su día fueron pegatinas con gran valor sentimental, se abrazó a ella como si la abrazara a ella, paso los dedos por las curvas de la caja como su volviera a tocar el cuerpo desnudo del que una vez disfrutó y acaricio sus cuerdas como acariciaba su pelo, su pelo… Comenzó a tocar, eran notas sueltas, como las palabras que acabó llevándose el viento, no eran nada y lo eran todo, la incoherencia de cuando temes perder lo que mas amas, amar… El punto que anudaba sus labios se soltó y de ellos nació la más bella melodía, la más bella que nunca había tocado, la más bella como todas, todas eran las más bellas, todas salían de lo más profundo del dolor que nunca se creyó capaz de sentir. Se sorprendió a sí mismo perdido en el abismo de la soledad de los días que pasaban goteando y le dolió de nuevo la cicatriz de su corazón, lo que más odiaba era ponerse sentimental, era la melancolía, los pensamientos que le abordaban en cada esquina, con cada foto, cada olor. La sensación de no ser dueño de nada, de que todo se le escapaba, de que toda era mas grande que el. Se levantó odiando la guitarra y buscó por la casa su paquete de tabaco, abrió un cajón y maldita la hora en la que quiso fumar, una nota lo miraba, por encima de los demás trasto, una nota como otra cualquiera de esas que se dejan con un imán en la nevera, de esas que ella dejaba en la mesita de noche cuando le tocaba madrugar, una nota de esas que le hacía sonreír, siempre, una nota, puta nota que venía a recordarle que no estaba, que nunca volvería, puta nota que era casi todo lo que le quedaba. No tenía fuerzas ni siquiera para contener las lágrimas y lloró, desconsolado, muriendo un poco cada instante, muriendo él también. Ya no se preguntaba porqué, ya no le importaba ni eso, sólo se dejó crecer la barba, sólo dejó de comer, sólo dejó de sonreír, sólo evitaba los espejos, sólo llevaba meses durmiendo en el sofá, por no volver a las sábanas que olían a ella, sólo no era nada, no era nadie, no existía, sólo era recuerdos en una caja vacía, esperando consumirse en su propia pena, esperando el final, su final, otro final, uno más…


1 comentario:

Adolfo Llopis dijo...

Vaya, un personaje masculino para variar.

Me encanta :)