8/11/08

Con el viento del Siroco

Aquella madrugada, al despertar, esa masa de aire seco, caliente, con apenas la humedad propia de la zona, le susurró que era el momento. Sabía que nunca nadie le pediría explicaciones, y si lo hacían siempre podría apelar a lo perjudicial para el humor que es el viento del Siroco, como hizo Gustav Aschenbach, como haría ella si fuera sometida a juicio, usarlo simplemente como causa atenuante.
Se acariciaba la frente. Cuando quería llorar se acariciaba la frente, las cejas, los pómulos, a veces los labios, pero sobre todo la frente, con la yema de sus dedos la recorrían en líneas verticales de arriba abajo, de abajo a arriba hasta que se le olvidaba porqué era que iba a llorar.
Aquella tarde no funcionó.
En días como aquel nada funcionaba.
Estaba hecho, no había más que pensar, sólo esperar, esperar que alguien llegara, o que nadie viniera nunca, era la única que había presenciado los hechos y no pensaba desvelar ni uno de los secretos allí confesados. Pensó en coserse la boca, pero no encontró hilo ni aguja y aunque los hubiera encontrado, tampoco tenía espejo, y de haberlo tenido, no habría servido de nada.
Y allí seguía, desnuda, sentada en el suelo, sin sentir frío ni calor y con aquello entre sus manos.
¿Cómo pudo un bolígrafo causar todo lo demás?




2 comentarios:

Adolfo Llopis dijo...

Los bolígrafos son armas de doble filo que pueden causar los más increíbles acontecimientos.

Guri dijo...

yo es que siempre he sido más de arreglarlo todo con el tipex.

:)